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Iglesia en Chancay

¿COMO MURIERON LOS APOSTOLES?


  Las circunstancias de la muerte de los apóstoles solo pueden ser conocidas basándonos en tradiciones de la iglesia,
  así que no debemos concederle mucha credibilidad en ninguno de los otros relatos.
  La tradición de la iglesia más comúnmente aceptada,concerniente a la muerte de un apóstol, es la del apóstol Pedro 
  que fue crucificado de cabeza en una cruz en forma de X en Roma, en cumplimiento a la profecía de Jesús 
  (Juan 21:18). 
  
  Seguidamente están las “tradiciones” más populares en cuanto a la muerte de otros apóstoles.

  1. ANDRES     
       Durante su estancia en Acaya el bienaventurado Andrés fundó muchas iglesias y convirtió a la
       fe de Cristo a numerosas personas, las adoctrinó y bautizó, y entre ellas a la esposa del 
       procónsul Egeas. Cuando éste se enteró de que su esposa se había convertido al cristianismo,
       acudió a la ciudad de Patras y trató de obligar a los cristianos a que ofreciesen sacrificios
       a los ídolos. Pero Andrés se presentó ante el procónsul y le pedía que desista de su empeño.
       Andrés intentaba convertirlo al cristianismo y Egeas intentaba pervertirlo. Y no logrando este
       último su objetivo, arrebatado de ira ordenó el encarcelamiento de Andrés. A la mañana 
       siguiente Egeas se sentó en su tribunal y mandó que condujeran al prisionero ante él; cuando lo
       vio en su presencia lo instó una vez más a que ofreciera sacrificios a los dioses, y si no 
       obedecía lo haría colgar en esa cruz del que tanto hablaba.
       Seguidamente, siguiendo órdenes de Egeas, 21 hombres azotaron a Andres; después, lo ataron 
       por los pies y por las manos a una cruz; no lo clavaron a ella para que tardara más en morir y
       sus padecimientos fuesen más prologados.
       Cuando lo llevaban hacia el lugar donde habían preparado el patíbulo se incorporó mucha gente al cortejo. Algunos
       de los que formaban la trágica comitiva comenzaron a dar gritos, diciendo:
       
         - Este hombre es inocente; estás derramando su sangre contra toda justicia.
       
       El apóstol les rogó que callaran y que no impidieran su martirio, y al divisar desde lejos la cruz en que iban a
       suspenderle, fue él quien gritó, saludándola de esta manera:

         - ¡Salve, oh Cruz gloriosa, santificada por el cuerpo de Cristo y adornada con sus miembros más ricamente que si
           hubieses sido decorada con piedras preciosas! Antes de que el Señor te consagrara fuiste símbolo de oprobio, 
           pero ya eres y serás siempre testimonio del amor divino y objeto deseable. 

       Dos días tardó en morir. Durante ellos no cesó de predicar desde aquel púlpito a una concurrencia de unas veinte 
       mil personas, muchas de las cuales se amotinaron contra Egeas intentando matarle y diciendo que aquel santo varón 
       tan justo y virtuoso no merecía el trato que le estaban dando. Egeas, tal vez para liberarse de las amenazas del
       pueblo, acudió al lugar del suplicio decidido a indultar al mártir; pero Andrés al verle ante sí le dijo:
       
       - ¿A qué vienes? Si es para pedir perdón, lo obtendrás; pero si es para desatarme y dejarme libre, no te molestes;
         ya es tarde. Yo no bajaré vivo de aquí, ya veo a mi Rey que me está esperando.
         
       Pese a esto, los verdugos, por orden de Egeas, intentaron desatarle; pero no pudieron conseguirlo; más aún: cuantos
       osaron tocar las cuerdas quedaron repentinamente paralizados de manos y brazos. Maximila, esposa de Egeas, se 
       hizo cargo del cuerpo del bienaventurado apóstol y lo enterró piadosamente.

  
    2. BARTOLOME     
        Cuando San Bartolomé se fue a la India, comenzó a echar a los demonios de los templos en que eran adorados y 
        escuchados a través de sus profetas. Muchísimos milagros operó el santo en este sentido. Y por estos milagros, 
        Polimio el rey se convirtió junto a su familia y renunció al trono, haciéndose discípulo del apóstol. A partir de 
        entonces rigió los destinos del reino un hermano de Polimio, llamado Astiages. 
       
        Mil soldados, perfectamente armados, salieran en persecución de Bartolomé, al que sus perseguidores capturaron
        y condujeron ante el nuevo rey.
         
         - ¡De modo, dijo el rey al apóstol, que tú eres el hombre que pervirtió a mi hermano!
         - Yo no pervertí a tu hermano, sino que lo convertí, dijo Bartolomé.
       
        A esto replicó Astiages:
         - Pues voy a hacer contigo lo que tú hiciste con él; como tú obligaste a Polimio a renegar
           de mi dios y a creer en el tuyo, yo te obligaré a ti a renegar del tuyo y a creer en el mío.

        El apóstol puntualizó:
         
         - Yo lo que hice fue vencer al dios al que tu hermano adoraba, mostrarlo maniatado ante el público, y exigirle que
           rompiera las imágenes de los ídolos. Prueba tú a hacer lo mismo con el mío. Si consigues maniatar a mi Dios, 
           prometo que adoraré al tuyo; pero si no lo consigues, continuaré destruyendo las estatuas de tus falsas 
           divinidades, y si tú fueses razonable te convertirías a mi religión como se convirtió tu hermano.
               
        En esto alguien se presentó ante el rey y le comunicó que la imagen de Baldach, otro de sus ídolos, acababa de  
        caerrodando por el suelo y de romperse en mil pedazos. El rey, al oír esta noticia, rasgó su manto púrpura, mandó 
        que apalearan al apóstol y que tras propinarle una enorme paliza lo crucificaron luego, antes de morir, descolgado 
        de la cruz y desollado vivo, para hacerle sufrir más; y, finalmente, estando todavía con vida, decapitado.
        Ejecutada en todos sus extremos esta orden, los cristianos recogieron el cuerpo de santo mártir y reverentemente 
        lo enterraron.

   3. FELIPE     
         El apóstol San Felipe, después de haber predicado veinte años en Escytia y sufrido muchas
         persecuciones y hecho numerosos milagros que convirtieron a gran cantidad de personas, 
         convocó un día a todos los obispos y presbíteros de la región, y les dijo:

          - El Señor quiere que emplee en vuestra formación los siete días que me quedan de vida.

         Al cabo de estos siete días, los infieles se apoderaron de él, que ya tenía 87 años de edad, y para que muerte se 
         pareciese a la del Maestro cuya doctrina constantemente predicaba, lo crucificaron. Así fue como este santo 
         apóstol salió de este mundo y entregó su alma al Señor. Sus dos hijas, ambas vírgenes y santas, fueron 
         enterradas una a su derecha y la otra a su izquierda.
         Felipe primeramente convirtió a los galos, llevando a la luz de la verdad y al apacible puerto de la fe, tanto a 
         aquellas gentes bárbaras como a las de los pueblos vecinos, sacándolas a todas ellas de las tinieblas en que se 
         hallaban sumergidas y a punto de ser engullidas por las encrespadas aguas del error. Después terminó su vida en 
         Hierápolis, ciudad de la provincia de Frigia, muriendo apedreado y crucificado; allí descansan él y sus hijas".

   4. JACOBO     
         La única muerte de los apóstoles registrada en la Biblia es la de Jacobo (Hechos 12:2). 
         El rey Herodes mató a Jacobo decapitado. 
   
   
   5. SIMON Y JUDAS TADEO     
         Estando los apóstoles en Babilonia convirtieron a gran cantidad de gente, entre la que se encontraba el rey y 
         muchos  ricos.
         Dos hombres que hacían magia e idolatría se trasladaron a una población llamada Samir en la que vivían setenta 
         pontífices de los ídolos, y se dedicaron a predisponer a sus habitantes contra los apóstoles, incitándoles a que, 
         cuando vinieran a predicarles su religión, los mataran si se negaban a ofrecer sacrificios en honor de los dioses.
         
         Tras evangelizar toda la provincia, Simón y Judas se presentaron en Samir y, en cuanto llegaron, los habitantes 
          de esta ciudad se arrojaron sobre ellos, los prendieron y los llevaron a un templo dedicado al sol; mas, tan pronto 
         como los prisioneros penetraron en el recinto, los demonios, por medio de ciertos energúmenos, empezaron a 
         decir a voces:
          
           - ¿A qué venís aquí, apóstoles del Dios vivo? Sabéis de sobra que entre vosotros y 
             nosotros no hay nada en común. 
             Desde que llegasteis a Samir nos sentimos abrasados por un fuego insoportable.
                
         Acto seguido apareció a Judas y a Simón un ángel del Señor y les dijo:

           - Elegid entre estas dos cosas la que queráis: o que toda esta gente muera ahora mismo repentinamente, o 
             vuestro propio martirio.

         Los apóstoles respondieron:

           - La elección ya está hecha. Pedimos a Dios misericordioso una doble merced: que conceda a esta ciudad la 
             gracia de su conversión, y a nosotros el honor de morir mártires.

         A continuación, Simón y Judas rogaron a la multitud que guardara silencio, y, cuando todos estuvieron callados, 
         hablaron ellos y dijeron:

           - Para demostraros que estos ídolos no son dioses, y que en su interior hay demonios agazapados, vamos a 
              mandar a los malos espíritus que salgan inmediatamente de las imágenes en que permanecen escondidos, 
              y que cada uno de ellos destruya la estatua que hasta ahora le ha servido de escondite.

         Seguidamente los apóstoles dieron la orden anunciada, y en aquel mismo momento, de las dos estatuas que había 
         en el templo salieron sendos individuos horrendos que en presencia de los asistentes destrozaron las imágenes de 
         cuyo interior salieron, y rápidamente escaparon de allí dando voces y alaridos. Mientras la gente, impresionada por 
         lo que acababa de ver, permanecía muda de asombro, los pontífices paganos, irritados, se arrojaron sobre uno y 
         otro apóstol y los despedazaron. En el preciso instante en que Simón y Judas murieron, el cielo, que hasta 
         entonces había estado sereno y completamente despejado, se cubrió repentinamente de nubarrones; se organizó 
         una terrible tormenta que derrumbó el templo aplastando a los magos.

         Cuando el rey tuvo noticia de que Simón y Judas habían sido martirizados, recogió sus cadáveres, los trasladó a 
         la capital del reino y les dio sepultura en una magnífica y suntuosa iglesia que mandó construir en su honor.

        
    6. JUAN     
         Él murió muy viejo y fue el único de los apóstoles que murió pacíficamente. Sesenta y siete años después de la 
         Pasión del Señor, cuando Juan tenía ya 98 de edad, Jesucristo se apareció al  apóstol y 
         le dijo:
         
            -  Mi querido amigo, ven a mí; ha llegado la hora de que te sientes en mi mesa con el 
               resto de tus hermanos". 
            
         Al oír estas palabras, Juan intentó ponerse en pie e hizo ademán de ir hacia su Maestro, 
         pero éste le manifestó: 
            
           - Espera hasta el domingo. 
            
         Al domingo siguiente, muy de madrugada, a la hora en que el gallo suele cantar, todos los fieles se congregaron 
         en la iglesia que habían construido en honor del apóstol y éste empezó a predicarles, exhortándolos a que 
         cumplieran fervorosamente los divinos mandamientos. Acabado el sermón, mandóles que cavaran su sepultura 
         a la vera del altar y que sacaran la tierra fuera del templo. Cuando la fosa estuvo dispuesta, el santo bajó hasta 
         el fondo de la misma, tendióse en ella, alzó las manos hacia el cielo y pronunció la siguiente oración: 
         
            - "Señor Jesucristo: Me has invitado a sentarme a tu mesa: allá voy, siempre, con toda mi alma, he deseado 
               estar contigo". 
              
         De pronto la fosa quedó envuelta por una luz vivísima, cuyos resplandores nadie pudo resistir. Momento después 
         cesó la deslumbrante claridad y los asistentes advirtieron que, mientras duró, había descendido sobre el cuerpo  
         del apóstol una extraña sustancia a manera de arena finísima que lo cubría enteramente, llenaba la sepultura y 
         desbordaba de ella. Es arena, semejante a la que hay en el fondo de algunas fuentes, puede verse todavía hoy 
         en su sepulcro, como si se generara constantemente en el fondo del mismo.
   

    7. MATEO     
         Se encontraba el apóstol en Nadaver, ciudad de Etiopía, cuando tras la muerte del rey converso Egido, subió al 
         trono Hitarco. El nuevo monarca, arrebatado del apasionado amor que sentía por Efigenia, ofreció a Mateo la mitad
         de su reino a cambio de que convenciera a la joven para que le aceptara por esposo. El apóstol contestó a Hitarco:

          - Tu antecesor iba a la Iglesia; ve tú también a ella el próximo domingo y escucha 
             atentamente el sermón que pienso predicar a Efigenia y a sus compañeras acerca de
             la licitud del matrimonio y de las ventajas que la vida matrimonial comporta.

         El rey, creyendo que Mateo iba a tratar de convencer a Efigenia de que debería aceptar 
         las proposiciones conyugales que él le hacía, el domingo acudió a la iglesia ilusionado y 
         lleno de alegría. Mateo predicó ante Efigenia y ante el pueblo un largo sermón sobre las 
         excelencias del matrimonio. Hitarco, mientras le oía, reafirmaba su posición de que el 
         predicador, a través de los conceptos que en su sermón exponía, intentaba inclinar el 
        ánimo de Efigenia hacia la vida matrimonial. Mateo prosiguió su discurso de esta manera: 
         
          - "Cierto que el matrimonio, si los esposos observan escrupulosamente las promesas de fidelidad que al 
             contraerlo mutuamente se hacen, es una cosa excelente. Pero prestad todos mucha atención a lo que ahora 
             voy a decir: supongamos que un ciudadano cualquiera arrebatara la esposa a su propio rey. ¿Qué ocurriría? 
             Pues que no sólo el usurpador cometería una gravísima ofensa contra su soberano, sino que automáticamente 
             incurriría en un delito que está castigado con pena de muerte; e incurriría en ese delito, no por haber querido 
             casarse, sino por quitar a su rey algo que legítimamente le pertenecía, y por haber sido el causante de que la 
             esposa faltase a la palabra de fidelidad empeñada ante su verdadero esposo. Ahora bien; puesto que así son 
             las cosas, ¿cómo tú, Hitarco, súbdito y vasallo del rey eterno, sabiendo que Efigenia al recibir el velo de las 
            vírgenes ha quedado consagrada al Señor y desposada con Él, te atreves a poner en ella tus ojos y pretendes 
            hacerla incurrir en infidelidad a su verdadero esposo que es precisamente tu soberano?"
    
        En cuanto oyó esto, Hitarco, arrebatado de ira, salió furioso de la iglesia. Mateo, sin inmutarse, continuó su plática, 
        exhortó a los oyentes a la paciencia y a la perseverancia, al final del sermón bendijo a las vírgenes y en especial a 
        Efigenia que, asustada, se había arrodillado ante él, y luego prosiguió al celebración del culto; mas en el preciso 
        momento en que terminaba, cuando aún estaba ante el altar orando con los brazos extendidos hacia el cielo, un 
        sicario enviado por el rey se acercó a él, le clavó una espada en la espalda, lo mató yconvirtiendoló en mártir.

    8. MATIAS     
         En el repartimiento regional que los apóstoles hicieron para ejercer su ministerio, a Matías le correspondió Judea, 
         en cuyas tierras predicó, hizo numerosos milagros, y descansó finalmente en la paz del Señor.

         Era Matías doctísimo en la ley, limpio de corazón, ponderado, equilibrado y muy sutil en
         su análisis sobre las cuestiones relacionadas con la Sagrada Escritura; sumamente 
         prudente en sus juicios, y de palabra fácil y elocuente. 
         Con su predicación, milagros y prodigios, convirtió a muchos en Judea. Esta fue la causa
         que movió a los judíos que lo odiaban, a formarle proceso y a condenarle a morir 
         apedreado. 
         Dos falsos testigos que declararon contra él fueron los primeros en arrojar algunas 
         piedras sobre su persona; pero el apóstol las recogió y manifestó su deseo de que 
         aquellos guijarros fuesen enterrados con él para que sirvieran de testimonio contra sus
         verdugos. Después de haber sido apedreado, mientras con sus brazos extendidos hacia 
         el cielo encomendaba su espíritu a Dios, acercóse a él un soldado y, conforme a la costumbre romana, con una 
         afilada hacha le cortó la cabeza y puso fin a la vida del apóstol, cuyo cuerpo fue llevado desde Judea a Roma, 
         luego desde Roma hasta Tréveris
 
    9. PEDRO     
         Pedro acabó sus días en Roma, donde habría sido obispo, y que allí murió martirizado 
         bajo el mandato de Nerón en el Circo Vaticano, sepultado a poca distancia del lugar de 
         su martirio y que a principios del siglo IV el emperador Constantino mandó construir la
         gran basílica vaticana.
         El evangelio de Juan sugiere, en su característico estilo alegórico, que Pedro el primero
         de los apóstoles, habiendo sido apresado a menudo y arrojado a la prisión y tratado con
         ignominia, fue finalmente crucificado en Roma.
         Se cree que Pedro pidió ser crucificado cabeza abajo por no considerarse digno de 
         morir del mismo modo que Jesús.

   

    10. SANTIAGO (El menor)     
            Unos cuantos judíos fueron entonces a ver a Santiago y le dijeron:

             - Te rogamos que desengañes al pueblo y le hagas ver que se equivocan al creer que Jesús fue Cristo. Te 
               suplicamos que el próximo día de Pascua, aprovechando la oportunidad de la gran cantidad de gente que 
               viene a Jerusalén, hables a las multitudes y las disuadas de todas esas cosas que 
               vienen admitiendo en relación con Jesús. Si así lo haces, tanto nosotros como el 
               pueblo en general nos atendremos a tu testimonio, reconoceremos que eres justo y 
              que no te dejas influir por nadie.

            El día de Pascua, aquellos mismos hombres que trataron de seducirle llevaron al 
            apóstol a la terraza más alta del templo, a fin de pudiera ser bien visto y oído por las 
            multitudes y le dijeron a voces:

             -  ¡Santiago!  ¡Tú eres el más honesto de todos los hombres!  Todos acatamos tu 
                testimonio.  Dinos, pues, aquí, públicamente, qué opinión te merece la actitud de 
                esas gentes que andan por ahí errantes, detrás de ese Jesús crucificado.

           Santiago, también con voz muy fuerte, respondió:

            - ¿Queréis saber lo que yo pienso acerca del Hijo del hombre? Pues prestad atención: pienso que está sentado 
               en el cielo, a la derecha del Sumo Poder, y que un día vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.

           Los cristianos, al oír esta respuesta, la acogieron con gritos de jubilosa alegría y grandes aplausos; los fariseos y 
           escribas, en cambio, comentaron entre sí:

                - ¡Mal paso hemos dado al brindarle esta ocasión de que emitiera públicamente este testimonio acerca de 
                  Jesús!  Emendemos el error que hemos cometido: subámosle hasta las más altas almenas y arrojémosle 
                 desde ellas a la calle para que los creyentes se asusten y desechen sus creencias.

           Así lo hicieron; lleváronle a lo más alto del Templo, y desde allí dijeron a gritos:

                - ¡Oh! ¡Oh! ¡El que teníamos por justo se ha equivocado!
                
           Dicho esto, le dieron un empujón y lo arrojaron al vacío, y en cuanto el apóstol llegó al suelo se arremolinaron 
           contra él los judíos que habían presenciado desde abajo su caída, y empezaron a gritar:

                - ¡Apedreemos a Santiago el Justo!

           Seguidamente comenzaron a apedrearlo. Santiago, que pese a la altura desde la que cayó no se había hecho
           ningún daño, al ver que arrojaban piedras contra él se puso de rodillas, y en actitud de oración, levantando sus 
           manos hacia el cielo, exclamó:

               - ¡Señor! ¡Te ruego que los perdones, porque no saben lo que hacen!

           Al iniciarse la pedrea, uno de los sacerdotes, hijo de Rahab, se encaró con la multitud y dijo:

               - ¡Alto! ¡No tiréis piedras, os lo ruego! ¿Qué pretendéis hacer? ¿No os dais cuenta de que este santo varón 
                 al que estáis apedreando corresponde a vuestra crueldad orando por vosotros?

           No obstante esta advertencia, uno de los fanáticos, con una pértiga de batanero, descargó sobre la cabeza del 
           apóstol un golpe terrible, que le rompió el cráneo.
           El alma del apóstol emigró al Señor en tiempo del emperador Nerón, que inició su reinado hacia el año 57.
           Su cuerpo fue sepultado en el mismo sitio en que murió, a la vera del Templo. 
     
   11. TOMAS     
            Gondóforo, el rey de la India, ha enviado a su ministro Abanés en busca de un buen constructor. Abanés 
            encontró gracias a Dios a Tomás, lo aceptó y se lo llevó consigo.

            En cuanto llegaron a su destino, Tomás trazó los planos de un magnífico palacio; el rey le retribuyó su trabajo 
            entregándole un tesoro que él distribuyó entre la gente del pueblo, y en seguida el monarca se ausentó de
            la capital de su reino y se marchó a otra provincia. Tras dos años de ausencia, regresó el rey y grandes 
            problemas surgieron de la prédica de Santo Tomás, porque éstas molestaban al soberano pagano, pero 
            numerosos milagros sacaron sin problemas al apóstol de los peligros, tras los cuales se fue a evangelizar 
            al norte del país.

            Una de las personas convertidas por él a la fe de Cristo fue Síntique, amiga de 
            Migdonia, esposa de Casisio, cuñado del rey. Cuando Migdonia supo que su amiga 
            Síntique se había hecho cristiana, le dijo:

              - ¿Crees que podré yo ver al apóstol?

           Síntique le respondió que sí y le dio este consejo:

              - Cambia tus ricos vestidos por otros muy humildes, únete a uno de esos grupos  
                 de mujeres pobres que van con frecuencia a oírle predicar y, mezclada entre ellas, 
                 escúchale atentamente.

           Así lo hizo Migdonia. Aquel día Tomás comenzó a hablar con flamígero entusiasmo y Migdonia, tras la predicación, 
           abrazó la fe de Cristo. Al enterarse su esposo, puso esto en conocimiento del rey, que mandó encerrar al apóstol 
           y envió a la reina a convencer a su hermana del error de haberse hecho cristiana. Pero contrariamente a lo 
           previsto,  no sólo Migdonia no se pervirtió, sino que convirtió a su hermana, la reina.

          Mandó entonces el rey que fuesen en busca del apóstol y que atado de pies y manos lo trajeran a su presencia. 
          Cuando lo tuvo ante sí le ordenó que convenciera a las mujeres de su error. Una larga discusión nació entonces, 
          en que el apóstol defendió la fe de Cristo con toda su alma.
          Entonces, por consejo de Casisio, ordenó el rey que encerraran al siervo de Cristo en un horno encendido, cuyo 
          fuego se apagó en cuanto el apóstol penetró en él; y de él salió sano y salvo al día siguiente. En vista de este 
          prodigio, Casisio propuso a su cuñado que, para que aquel poderoso hombre perdiera la protección divina e 
          incurriera en la ira de su dios, le obligase a ofrecer sacrificios al sol; pero Tomás, cuanto trataron de forzarle a
          que cometiera este acto de idolatría dijo al monarca:

            - Tú vales mucho más que esa imagen que has mandado construir. ¡Oh idólatra, despreciador del Dios 
              verdadero! 
              ¿Crees que va a ocurrir eso que te ha dicho Casisio? ¿Crees que si adoro a tu señor voy a incurrir en la ira 
             del mío? Nada de eso; quien incurrirá en la indignación de mi Dios será ese ídolo tuyo. Voy a postrarme ante él; 
              verás como, tan pronto como me arrodille ante esa imagen del sol, mi Dios la destruirá. 
              Voy a adorar a tu divinidad; pero antes hagamos un trato: si cuando yo adore a tu dios el mío no lo destruye, 
              te doy mi palabra de que ofreceré sacrificios en honor de esa imagen; mas si lo destruye tu creerás en el mío. 
              ¿Aceptas?
        - ¿Cómo te atreves a hablarme de igual a igual? – replicó indignado el rey.

           Acto seguido, Tomás en su lengua natal mandó al demonio alojado en la imagen del sol que, tan pronto como él 
           doblara sus rodillas ante el ídolo, lo destruyera. Después se prosternó en tierra y dijo:

             - Adoro, pero no a este ídolo; adoro, pero no a esta mole de metal; adoro, pero no a lo que esta imagen 
               representa adoro, sí, pero adoro a mi Señor Jesucristo en cuyo nombre te mando a ti, demonio, escondido en
               el interior de esta esfigie, que ahora mismo la destruyas.

           En aquel preciso instante la imagen, que era de bronce, se derritió cual si estuviera hecha de cera. Los sacerdotes 
           paganos encargados del culto del malogrado ídolo, al ver lo ocurrido, bramaron de indignación y el pontífice que 
           los presidía exclamó:

              - ¡Yo vengaré la injusticia que acabas de hacer a mi dios!

           Mientras pronunciaba la anterior amenaza, se apoderó de una espada y con ella atravesó el corazón del apóstol.
           Así murió Tomás. El rey y Casisio, viendo que gran parte de cuantos habían presenciado el asesinato del santo 
           trataban de vengar su muerte intentando apoderarse del pontífice para quemarlo vivo, llenos de miedo, huyeron de 
           allí. Los cristianos recogieron el cuerpo del mártir y lo enterraron con sumo honor.
    
          Fuente: Cristiandad.org 
    
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